Inéditos Saer

 

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Borges habla y escribe mucho sobre laberintos, pero no parece ser en el sentido que da Nietzsche a la expresión, un “hombre laberíntico”.

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Durante los primeros treinta años, oscilando entre el insomnio y la pesadilla, Borges trabajó de un modo ejemplar para obtener un puñado de páginas en las que, por debajo de la gracia lacónica, se percibe siempre el sabor de la noche de donde proceden. Durante por lo menos treinta años, su obra fue el rehén de la arrogancia de nuestros pseudopatricios, empecinados en rebajarla a la bosta sobre la que fundan su preeminencia, y el blanco, afortunadamente, felizmente indemne, del triste determinismo de nuestros pseudorrevolucionarios. Después, a partir de los años setenta, él mismo se puso a trabajar contra ella, prolongándola con autoinstrucciones retóricas, desfigurándola incluso con correcciones que pretendían adecentarla, acompañándola de comentarios caprichosos sobre la historia literaria y sobre las calamidades de la época. Desde entonces, no es más que pasto de semanarios obsecuentes y, como las joyas secretas de Baudelaire, su obra destella en la actualidad enterrada bajo una avalancha de tesis americanas que se desviven por revelarnos lo obvio. No nos queda más que desear que, lo antes posible, un poco de olvido nos lo restituya.

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El panteón burgués quiere llenarse de escritores representativos. E, inversamente, todo autor que se respete aspira, en secreto, a la representatividad. La obra de un escritor representativo posee sin duda muchas ventajas, no sólo para el autor, sino también para el lector. Es por eso que el panteón burgués quiere autores representativos: son fáciles de trabajar. Hace poco, el general Videla, que se encuentra a la cabeza del régimen político más sangriento que ha conocido la Argentina durante el siglo 20, decidió invitar a comer a cuatro escritores representativos: Borges, que representa nuestra “imagen en el extranjero” y la extrema derecha liberal, Horacio Esteban Ratti, que representa a los escritores en tanto que gremio, ya que es el presidente de la sociedad que los agrupa, el padre Castellani que representa el nacionalismo populista de derecha y Sabato, la izquierda moderada. En la mente de ese general, años de madrugones y de obediencia han puesto orden en los casilleros.

> El envidioso

Le tengo envidia a medio mundo. La familia constituida que baja del auto en el restaurant, padre, madre y parejita de hijos, bromeando y riendo, haciendo proyectos, con buen apetito, bien tostados porque llegan de la playa, compactos, sanos, me producen una envidia inmensa, que me deja rumiando en mi rincón. Y el solterón ajado, que come solo en una mesa de dispéptico crónico, cuyo estómago apenas si tolera el agua mineral, calvo, silencioso, a quien de la mañana a la noche una voz le murmura sin descanso que ha gastado inútilmente su vida, no me produce menos envidia que la familia tipo en plena vigencia social y biológica que veía bajar de su coche hace un momento. Envidio al chico que descubre las primeras maravillas de la vida y también al viejo que, ya casi paralítico, las recuerda con más indiferencia que melancolía. El moralista riguroso es blanco también de mi envidia —del mismo modo, por otra parte, que el amoral para quien ninguna ley de conducta es demasiado poderosa. Los santos y los proxenetas me hacen añorar sus respectivos paraísos, así como también las amas de casa burguesas, los divorciados libres que conocen hasta la más insignificante playa de moda, los monjes concienzudos, las putas baratas. El hombre que mira, desde la playa, al atardecer, con un largavistas, el horizonte del mar, no es menos envidiado que el que, en su velero mecido por el agua, viene, en el mismo momento, aproximándose a la costa. El joven galán de moda se hace blanco de mis negros sentimientos igual, por otra parte, que el viejo portero del canal de televisión que lo ve pasar, cada día, hacia el grupo de admiradoras que lo espera para que les firme un rápido autógrafo.

> Breves

Argumento: Un hombre en lucha desesperada contra el mundo. Gana el mundo.

En las películas, la inteligencia parece siempre fuera de lugar.

Tiran a la gente viva desde los aviones en vuelo, y él de lo único que se preocupa es de la cuota del auto.

Hay dos maneras de quemar las naves: como Hernán Cortés o como Phileas Fogg.

> El Paraíso recuperado

Cuando estaba en París, los domingos, arduos, me despertaba a mediodía la luz frágil que entraba por la ventana. Mis ojos turbios chocaban contra un cielo liso, y los últimos rastros del sueño se borraban de mi mente. ¡Qué tristeza! Salía a caminar por calles pulidas por el uso, y llegaba hasta el Sena verde. Pasaban remolcadores lentos. Pensaba, fumando, apoyado en la baranda de un puente antiguo, que había en el mundo una casa que era la mía, con palmeras y un sol obsceno, carnal, resbalando sobre las hojas de los paraísos. De chicos, hacíamos collares de flores lilas, y mordíamos las hojas frías y amargas. Yo estaba en el mundo, vivía en el extranjero, y había un camino verde hasta un punto pleno y festivo que era mi hogar. Caminaba plagado de nostalgia y deseo hasta que anochecía.

Ahora que he vuelto, la pesadilla de París, ciudad que pertenece a otros, se ha borrado. Hoy es la noche del viernes, en pleno verano. Estoy sentado a una mesa de madera clara, bajo una lámpara. Los escarabajos, los mosquitos y las luciérnagas, zumban y chocan, ciegos, contra las telas metálicas. Leo intranquilo. Cuando llegue el domingo, cuando el domingo brille el sol desaforado sobre las hojas amargas, y me despierte a mediodía, en un mar de blancura deslumbrante, ¿qué otro lugar habrá en el mundo, para que yo quiera –nudo de deseo y de nostalgia– estar en él y no aquí?

 

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